Hoy no vas a la piscina

Hoy te he vestido para ir a la piscina. Te he puesto el pañal para agua y, sobre él, tu bañador azul con la ballenita. Mientras lo hacía, te preguntaba si sabías qué día era y dónde ibas a ir con el cole. Te gusta contarme que chapoteas en el agua con tu amigo y que vais en ‘bus’ hasta allí, así que me he recreado en ese panorama. Y con esa promesa, la de que ibas a disfrutar un montón sumergiéndote y saltando, hemos salido de casa.

Al llegar a tu clase, tu profesora se ha sorprendido cuando ha visto que traías la mochila para la piscina. Ayer pasaste una tarde malísima, me dice, no paraste de llorar desde que te levantaste de la siesta. Tu abuelo me había avisado ayer al traerte a casa, pero pasaste una tarde normal jugando conmigo, viendo la Oveja Shaun y ‘ayudándome’ a barrer. Tampoco has pasado mala noche, así que esta mañana hemos seguido la misma rutina que cualquier viernes, charla sobre piscina incluida.

Al poco ha llegado otra profesora, también jefa de estudios, preocupada por cómo te encontrabas. También ha abierto los ojos cuando ha visto que ibas a la piscina. Me repitió que ayer estuvieron a punto de llamarme porque no dejabas de llorar. Me dice que te despertaste a las dos (¿una hora de siesta sólo? Ahí está el problema) y que no levantaste cabeza hasta que llegó tu abu a por ti. Al final hoy, por precaución (y, claro, condicionada por su reacción y la preocupación por tu estado), decido que no vayas a la piscina.

Sé que estás bien. Conozco tu cara cuando estás malito pero también sé lo tontón que te pones cuando no te dejan dormir lo que necesitas. Me extraña que no llegaran a consolarte, porque sueles distraerte enseguida, así que puede que al sueño se le añadiera que la comida no te sentara bien o que los mocos te dieran la tarde.

Por eso, por esa seguridad materna de que no estás pocho para ir a clase (ni siquiera, si me apuras, para ir a la piscina), la única cosa que no me quito de la cabeza es haberte dicho durante toda la mañana que ibas a poder jugar con el agua y montar en la barca con tus amigos y amigas. Me duele aunque tengas dos años y aún no tengas consciencia de tiempo y acontecimientos como los adultos y generes la misma ilusión para la piscina que para pegar hojitas en la pared de clase. Te imagino intrigado, mirando como tu profe sale de clase con tus compañeros, cantando alguna canción relacionada con el agua, el mar o la piscina (porque en las guarderías tienen canciones para todo). Seguro que tiras de los pantalones de la chica, preguntando “¿pisti?” y ella te dice que no, que hoy estás malito y te quedas en el aula. Entonces, zas, mi mente pega un salto a las ocho de esta mañana, mientras te ponía el pañal para agua y, sobre él, tu bañador azul con la ballenita. Y mientras lo hacía, te preguntaba si sabías qué día era y dónde ibas a ir con el cole. Perdona por haberte hecho creer otra verdad que la que ibas a vivir ese día.

 

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Escayolado

Tienes el brazo izquierdo en cabestrillo. Sí. Con dos años recién cumplidos has conseguido algo que yo soñaba con tener: una escayola. No para llamar la atención, ni que me cuidaran más, sino para que mis amigas y amigos me hicieran dibujos y me la firmaran y yo llevar sus garabatos encima todos los días (qué bobada, si para eso ya estaban la carpeta y la mochila). Ahora, unos cuantos años después, ya no le veo el atractivo juvenil a ese vendaje y muchísimo menos cuando no soy yo quien lo lleva puesto.

Porque el susto que nos llevamos papá y yo ayer fue morrocotudo. Creo que no he corrido más ni he odiado más el tráfico de Madrid desde un taxi que tras recibir una llamada del colegio diciendo que te habías caído en el patio y no habías dejado de llorar desde entonces. Tu abuelo se me adelantó y llegó antes. Cuando yo te vi, en secretaría, tenías la cara mojada de las lágrimas y no dejabas de lamentarte, mientras tu brazo izquierdo colgaba, como muerto, a lo largo de tu cuerpo. Te cogí como para salvarte de todo, del mundo, de las caídas tontas y del dolor, y te apoyaste en mi hombro mientras seguías llorando. Quise pensar que tenía ese efecto calmante y curativo que todas las mamás creemos tener cuando poco a poco te fuiste relajando y dejaste las lágrimas pero, tras casi una hora de llanto, es más probable que fuese el cansancio puro que no te dejase pensar en el dolor. Papá llegó entonces, también con una carrera encima no apta para quienes han pasado de la treintena (y no suelen entrenar a menudo).

Las puertas de las urgencias infantiles del Gregorio Marañón se abrieron por primera vez este curso. El otro hospital privado del seguro del colegio, justo frente a éste, no nos aceptó sin informe del centro ni número de póliza a pesar de que nos habían comentado que no habría ningún problema. Si te digo la verdad, mejor. Cruzamos la calle y rodeamos las urgencias generales del Marañón para volver a territorio conocido, donde siempre nos han tratado tan rápido y tan bien. Así, rodeados de las cebras coloridas y de los tiernos leones que decoran las paredes, la traumatóloga miró tus radiografías y descartó rotura de los huesos principales, librándote del quirófano.

Su diagnóstico fue menos claro: posible fractura oculta en miembro superior izquierdo. Parece ser que no es raro que os lesionéis algunos de los huesos en crecimiento y esos, como los cartílagos, no se aprecian bien en la radiografías de tan claritos que aparecen. El dolor y tu incapacidad para mover el brazo desde el codo hacia abajo reforzaban su juicio, por lo que decidió prevenir con una férula con escayola que inmovilizase completamente el brazo.

Y así nos volvimos a casa. Con un cabestrillo de la talla más pequeña que es diez veces más grande que tú. Y contigo tan cansado, tan agotado del dolor, de llorar, de no haber comido bien, del miedo, que te acurrucaste en mi pecho, te abrazaste a mí, y te quedaste dormido camino de casa en mis brazos.

No te preocupes, estás bien. Es incómodo y aún te duele, pero seguro que te acostumbras enseguida. No te podré hacer un dibujo en la escayola porque una venda muy fea lo cubre pero llenaré tu habitación de todas las ilustraciones que me pidas

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Flashback

Desde hace dos semanas, de repente, regresan a mí sensaciones que dejé atrás en 2012. Son apenas unos instantes pero se manifiestan firmes e inequívocas. Antes de sentarme a escribirte, he estado buscando las mejores palabras para describir esos momentos pero terminaba con el pecho hinchado de aire (porque parece que así se potencian los recuerdos) y en blanco. Es difícil expresar cómo una ráfaga de aire, un olor, una temperatura, un ruido o, la mayor parte de las veces, nada de lo anterior, te devuelve en el tiempo a un embarazo de nueve meses, al paritorio o al puerperio.

Pero así han sido mis últimos quince días. He vuelto a sentir esos deseos porque termine tu embarazo con el regusto a miedo a lo desconocido, al parto y a la maternidad. Me he sorprendido mirando al cielo y buscando uno muy concreto que nunca se me borrará de la memoria, uno de una madrugada en la que te daba el pecho mientras papá dormía. Me he olido el cuerpo a postparto, a Mustela y a jabón, que fue lo que más usé entonces. Me ha tocado la cara la misma ráfaga de aire que, hace dos años, acompañó nuestro primer paseo a la calle. He dormido mal, pesada. Me he parado esperando sentir el pecho duro y esa electricidad que venía desde dentro cuando subía la leche. He despedido a House en el último capítulo de la serie, el que vimos justo antes de decidir ir al hospital. He recordado el tacto de las sábanas del hospital y, sobre todo, el tono de la luz. Y, por supuesto, he sentido durante apenas un segundo la mezcla de agobio,  felicidad, cansancio, tristeza, orgullo y necesidad de que pase el tiempo que tuve entonces.

Dirás que vaya introducción que me he marcado para anunciar tu cumpleaños. Pero en que todas estas sensaciones se producían cerca del 2 de septiembre he caído yo hace nada, no te creas. Te prometo, de verdad, que llevo teniendo flashbacks todos estos días, lo que ciertamente hace muchísimo más real tu aniversario, eso está claro. Igual el cuerpo me recuerda lo que mi cabeza nunca olvida: llevo contigo dos años ya.

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Contando estrellas

Hemos cambiado nuestro colchón. Estaba estropeado y papá dormía prácticamente en las tablas del somier. Aún no hemos bajado el antiguo y lo hemos dejado temporalmente en la terraza, en una esquina, al lado del olivo.

Anoche, al volver de la calle, abrí la puerta que da al patio para ventilar la casa y tú te colaste entre mis piernas para jugar fuera. Ya habíamos cenado en un bar y empezábamos la rutina para acostarte, pero claramente aún te quedaban ganas de batallar. Corriste hacia el colchón y te lanzaste en plancha sobre él, como bien te ha enseñado tu padre. Como un par de tintos de verano hacen ver las cosas más relajadas que de costumbre, en vez de sacarte de ahí, me uní a ti. Y tras de mí, papá.

Corría un aire suave y ligeramente fresco. Tan suave como para no ser molesto. Tan agradable que parecía que Eolo lo hubiera regulado apenas un par de grados menos que nuestra temperatura para lograr refrescar sin producir frío. Además, tumbados sobre el colchón, la brisa nos abrazaba aún más.

Tendidos boca arriba, te pregunto: “¿qué hay ahí, en el cielo?”, sabiendo que “llella” (estrella) es una de las palabras con más solera de tu vocabulario. Me respondes y te reto a contar todas las que vemos. Así, papá, tú y yo elevamos nuestros dedos índices hacia el universo, señalando una estrella y luego otra y luego otra más. Te encanta hacer que cuentas, moviendo rítmicamente tu dedito y murmurando “dos, dos, tes, dos, dos, dos”, muy bajito, como si susurrases.

Pasamos contando estrellas apenas cinco minutos, porque tu energía de dos años no es muy compatible con la contemplación tranquila del cosmos. Pero estos ratitos de papá, tú y yo, aunque cortos, son lo que hace que se me ponga sonrisa de boba cuando hago repaso del día antes de ir a dormir.

Despertando

Acabado el campamento urbano, agosto es nuestro. Menos de lo que nos gustaría porque, por suerte, el mes de menos trabajo del año se ha convertido en el más demandado y estoy hasta arriba de proyectos, así que más de una vez necesito la mano desinteresada de la familia. Aún así, el despertar sí que es nuestro momento. Ya sin las prisas de apurar un ratito más, de vestirnos rápidamente y salir corriendo para llegar al cole a la hora.

Te duermes más tarde, disfrutando del fresquito que aparece a última hora de la tarde, así que tus doce horas frito suelen terminar a las diez. Entonces me llamas, entro a tu habituación y me recibes con una sonrisa que me alegra el día, la tarde y toda la semana. Te saco de la cuna y nos quedamos un rato sentados en el sillón poang de tu habitación.

Así, con la persiana ligeramente subida para que tus ojos se empiecen a acostumbrar a la luz, te hago cosquillitas en la espalda mientras te cuento lo que vamos a hacer hoy. Te pregunto cosas (“¿con quién te gusta jugar?”, “¿cómo se llama el panda que compramos ayer?”, “¿cuál es tu juego favorito?”) porque desde que te has lanzado a hablar disfruto con esas conversaciones. Me abrazas y me das un beso, a veces espontáneamente y a veces haciéndome caso. Me da igual, no te creas. Pedidos o no, tus abrazos me traen loca.

Saboreo ese ratito, apenas un cuarto de hora, porque es el mejor comienzo que puede tener un día.

“Tenes”

Últimamente te ha dado por alinear en fila cualquier objeto al que tengas acceso. Piedrecitas, coches de juguete, las comida de plástico de tu cocinita o monedas. Pones un elemento detrás de otro y, cuando terminas, gritas “¡teeeen!”.

Es el juego que más te gusta. No te lo hemos enseñado ni papá ni yo, tú solo has decidido que lo más divertido para hacer a tu aire son largos trenes imaginarios.

¡Fin de curso!: Manual de enfermedades

Fui a Utrecht para ayudar a tu tía en su búsqueda de casa durante tu segunda semana de colegio. Hice el viaje con el miedo permanente de que cualquiera de esos tres días pudiese recibir la llamada de tu padre informando de que ya habías cogido tu primer catarro. Me habían avisado de que el primer año de guardería es así, de pillar todos los virus posibles, así que ¿por qué no ibas a ponerte malo cuando yo no estaba?

No te estrenaste entonces pero abrimos tu registro anual de enfermedades la semana siguiente. Y esa primera baja fue sólo el comienzo de la inequívoca demostración de que la advertencia anterior era cierta. Tan cierta que tu récord de asistencia a clase sin interrupciones no ha superado los 15 días. Tan cierta que has tenido cosas que no sabía ni que existían. Tan cierta que ha habido momentos en los que me he desesperado y me he sentido culpable de haber tomado la decisión de llevarte a un lugar que te hacía ponerte tan malo.

La bronquiolitis te ha acompañado todo el curso. Cada vez que los mocos asomaban por tu nariz, detrás iba irremediablemente ese sonido tan característico en tu pecho. La primera vez que lo tuvimos delante nos asustó, porque iba acompañado de una tos que te dejaba sin respiración y de una fiebre altísima. Como papá y mamá novata que somos, acabamos en  urgencias donde te pusieron oxígeno con ventolín tras comprobar tu saturación. Allí conocí a una madre de mellizas que me comentó que el año anterior habían reunido veinte bronquiolitis entre las dos. No fue más que el anuncio de lo que sucedería contigo: he perdido la cuenta de la cantidad de veces que has tenido los bronquiolos inflamados este curso. Los inhaladores de salbutamol, budensonida o el montelukast han pillado un lugar privilegiado en el primer cajón de tu cómoda. A mano, para la siguiente crisis.

Tras dos capítulos de bronquiolitis llegaron dos neumonías, que son las enfermedades que más nos han preocupado este año. Una de ellas tan gorda que el pediatra se extrañó que no te hubieran ingresado cuando te llevamos a urgencias. En ambos casos, diez días de reposo te dejaron como nuevo, listo para volver a coger otro virus.

Visitamos urgencias también para conseguir un coprocultivo (un análisis de tu caca, vaya), que nos negaron en tu centro de salud porque llevaban bastante tiempo sin recibir los vasitos de cultivo de heces con los que llevar la prueba a laboratorio. No sirvió que yo comprase uno en la farmacia, porque cada laboratorio usa el suyo y no sirve cualquiera, según me dijeron. Sin soluciones, pues, y contigo echando sangre en la caca durante una semana, no nos quedó otra que acudir a urgencias a por el famoso botecito  y ya allí decidieron hacerte la prueba. El resultado fue el esperado: una infección bacteriana (con la de porquería que chupas, normal) que te estaba destrozando la flora intestinal.

Pero hemos conocido dolencias que no sabíamos ni que existían. La primera de ellas fue el virus coxsackie, muchísimo más conocido entre las mamás y los papás como ‘boca mano pie‘. Como dicen las personas mayores, “te prometo que eso no existía cuando yo era pequeña”. Porque la varicela, vale, ¿pero un virus que te pone la cara como una paella, destroza la garganta, deja el culito irritadísimo y se pega que da gusto? ¿Y con ese nombre tan horrible? Ni idea, te lo prometo.

También nos llevó a urgencias una erupción cutánea impresionante que confundimos con una alergia alimentaria. Nada que ver, a pesar del chute de corticoides que te dieron en el hospital. Tu pediatra corrigió luego el informe diciendo que era un puntual ‘dermografismo positivo‘, que igual que llegó se podía ir o quedar para siempre. Para que nos entendamos tú y yo: se te puso la piel tan sensible que si escribía con mi uña, flojito, sobre tu barriga, al minuto se enrojecían las letras y se quedaban en relieve. Tuviste esta extraña reacción durante una semana, aproximadamente.

La tercera enfermedad que nos dejó patidifusos fue una ‘Sinovitis transitoria de cadera‘, que creímos esguince cuando llorabas al ponerte de pie y encogías la pierna de dolor al contacto con el suelo. Pero no, era una inflamación del lado derecho de la cadera que es frecuente – de nuevo “¡¿?!”, en mi vida había oído algo similar- en las personas hasta que dejamos de crecer. No se saben exactamente las causas, aunque parece ser que se asocia a infecciones víricas de las vias respiratorias superiores, faringitis u otitis. Ya me dirás tú que tendrá que ver el tocino con la velocidad.

Incontables catarros (casi siempre tranformados en bronquiolitis), un par de gastroenteritis y fiebre aleatoria nos han enseñado, sobre todo, cómo reaccionar ante tus enfermedades. Si te soy sincera, la Blanca de 2013 se llevaba las manos a la cabeza y corría al pediatra al primer estornudo mientras que ahora respondo que estás mucho mejor cuando el termómetro marca 38º de fiebre. De tanto leer y escuchar, no temo a la fiebre ni a la tos. Son reacciones necesarias para que te pongas bueno, así que convivimos con ellas y las controlamos con antipiréticos o con humidificadores, según el caso. Sabemos que un cuadro vírico dura unos tres días, que no se puede acortar ni remediar con ninguna medicina y que sólo hay que pasarlo lo mejor posible. También manejamos mejor el concepto ‘urgencias’ y yo, además,  ahora sólo me fío de Imad, tu pediatra (qué suerte tenemos con él y con Manoli, la verdad).

Pero, sobre todo, papá y yo hemos aprendido que la única y mejor medicina para las enfermedades escolares es la paciencia porque cuando empiezan las clases. los niños comparten algo más que los juguetes y las casas se llenan de virus. Disfruta ahora del verano.

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¡Fin de curso!: sobre la presión y el compromiso

Hace un año, papá y yo decidimos que en 2013 ibas a estrenar tu primera mochila escolar. Por entonces, yo tenía un volumen irregular de trabajos y varios proyectos que sólo podían asentarse si me centraba en ellos. Por eso, tras tu primer año de vida lleno de juegos y aprendizaje conmigo, ibas a pasar a tener una profesora como referencia y un montón de amigos y amigas con los que divertirte. Me costó al principio, porque cualquier decisión sobre ti está forrada de un montón de dudas. Sobre todo cuando mi trabajo no tiene horario de nueve a seis y, en muchas ocasiones, los proyectos brillan por su ausencia. Y más aún cuando, para validar ciertas opiniones, suelo entrar en internet a leer pareceres ajenos, a riesgo de que no siempre coincidan con los de una.

He de reconocer, de cualquier forma, que nunca he rechazado estos centros como parte de tu desarrollo. Más allá de mi trabajo, o del de papá, o del tiempo libre de cualquiera de los dos si careciésemos de lo primero. Soy partidaria de los estímulos del profesorado y en el vínculo social con los compañeros y compañeras (esto último, quizás, porque en nuestro contexto apenas hay niños o niñas). Creo que en tus primeros años eres una esponja, todo lo aprendes, siempre quieres más, y hay gente que tiene más formación que yo para sacar lo mejor de ti.

Es un tema controvertido, no te creas, porque siempre acaban entrando en el debate los elementos ‘presión’ y ‘adelantar acontecimientos’. Sobre esto último, yo lo tengo claro: adelántate TODO lo que tú quieras. No tienes límites. Yo voy a ponerte delante todo lo que esté en mi mano para que decidas si quieres o no avanzar por ahí. No quiero que hables antes, o que conozcas el nombre de todos los animales, o que dibujes mejor, o que parlotees en inglés perfecto. Pero voy a preguntarte qué es esto y qué es esto otro, por si te apetece aprender esas palabras. Y voy a mostrarte libros con animales domésticos, y si te gustan seguiré con los de granja, y si me pides más, buscaré imágenes de los que viven en África. Y dejaré que estropees la mesa del salón con rotuladores y con ceras. Y tus series preferidas están en versión original, hasta que tú me digas lo contrario. No creo que haya una edad para cada cosa, así que ve contándome lo que te gusta, que vamos a adelantar por ahí.

En lo que se refiere a la presión (con el sentido negativo que se le atribuye) nunca me ha parecido útil. No sólo en la infancia, ojo, también en las empresas en las que trabajamos cuando somos grandes. Repito que no hablo de ‘presión’ como sinónimo de tener muchas cosas que hacer a la vez (que eso es inevitable en nuestras vidas) sino como forma de coacción para conseguir un fin. Con presión se puede alcanzar un objetivo, sobre todo si viene detrás una consecuencia negativa (castigo o despido, lo mismo da) pero casi siempre se queda ahí porque lo más probable es que acabemos cogiendo manía a la actividad que nos han presionado a hacer.

Frente a ‘presión’ yo apuesto por ‘compromiso’. En la empresa, con más presión se consiguen buenos resultados pero el mejor rendimiento es siempre el de las personas que se han acabado comprometiendo con lo que hacen. Cierto es que veo más claras las técnicas para comprometer a la gente en una compañía que la manera de hacerlo con un niño. Imagino que también tendrá que ver con participación, con no castigar el error sino premiar el acierto, con respetar los tiempos y con mostrar pasión para poder contagiarla. Yo recuerdo que, siendo pequeña, antes de apuntarme a cualquier actividad, me preguntaban “¿te vas a comprometer con ella?”. Esa pregunta (así como el apoyo cuando no apetecía ir a las clases o los aplausos en las exhibiciones de fin de curso) hizo que tu tía fuese cinturón marrón de kárate (llegar al negro supone algo más que comprometerse) y yo sólo dejase la gimnasia rítmica cuando los horarios de la universidad absorbieron mi agenda.

Cierto es que probablemente tu futuro escolar no fomente el compromiso, ni te deje adelantar (o retrasar) todo lo que tú necesites. Ya veremos entonces cómo podemos solucionarlo. Por lo pronto, estamos muy contentos con las profesionales que han pasado contigo los últimos once meses. Han trabajado en un plan diario que empezaba fomentando vuestra participación, seguía ofreciéndoos estímulos mediante la experimentación y terminaba dejandoos jugar a vuestro aire. Hemos agradecido también que vuestro grupo fuese pequeño y de la misma edad, porque las actividades que estimulan a un bebé de un año y medio son totalmente distintas a las de otro de casi tres. Pero, sobre todo, nos ha gustado sentir que te quedabas en buenas manos, que te gustaba tu profe y que tenías un gran amiguito.

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A primera hora

Antes, a primera hora, antes de centrarme en el puro trabajo, escribía un blog. No hablaba de nada concreto, ni tampoco pretendía conseguir nada. Era, simplemente, una manera genial de despertarse y de iniciar la jornada laboral.

Pensaba esta mañana en eso mientras rehacía el tren de madera que yacía en el suelo, fruto de un descarrilamiento totalmente inevitable (y es que, cuando se juega, pasan estas cosas). Colocando sus piezas de colores en orden y buscando las ausentes bajo el sofá, confirmaba cómo ha cambiado, desde hace dos años, la primera actividad del día. Ahora recojo. Más bien oculto, que tampoco quiero llevar a engaño a nadie. Coloco la mayoría de los juguetes en la misma bolsa, bajo el mueble de la tele, para hacer más habitable la zona donde trabajo.

Es lo malo de tener el ordenador en el mismo lugar donde están tus juguetes y donde tenemos la televisión y la mesa de comedor. A veces no molesta trabajar con unos guisantes de plástico a lado de la pantalla, a los que acompaña un peine, cartas arrugadas de animales y tu vaso de plástico vacío (no hablo por hablar, sólo he recorrido mi mesa con los ojos). Al final te acostumbras y, si no reparas en ellos, casi ni los ves. Son como ese sonido molesto que, de tanto oírlo, deja de sonar y únicamente cuando realmente enmudece, reparas que estaba ahí.

Pero claro, no todo es invisible. Hoy era imposible quitar la vista a todas las piezas de ese tren de madera, que tenía que evitar para no pegarme el tortazo padre si quería sentarme en la silla de oficina. Otras veces son los coches, o las verduras de plástico, o tus libros. Así que ahora, a primera hora, en vez de escribir un blog, me acuerdo de ti.

 

‘J’

Llevamos unas semanas que este blog parece el panhispánico de dudas. ¿Y qué le vamos a hacer si ahora te ha dado por querer repetir lo que oyes y contarnos lo que ves? Pues añade un capítulo más a tu historia con la lengua castellana, el uso de la J.

Entre tus primeros sonidos nunca estuvo el ‘ajjjo’.Tú eras más de consolantes labiales y repetías ‘ma’ para referirte a cualquier cosa. Por cierto, nunca llegué a escribir sobre aquello, pero irónicamente ese ‘mamá’ no tuvo relación conmigo hasta febrero. Papá sí era ‘papá’. A “papá-papá-papá” le llamabas con mi móvil en tu oreja (o el mando a distancia o el cargador de la cámara de fotos, lo mismo da) y “¿papá?” me preguntabas nada más despertarte, señalando a la puerta, cuando él ya está en el trabajo. Pero mientras repetías mil veces ‘papá’, así, con sentido y propietario, yo echaba de menos escuchar ‘mamá’. Que pidieras mi atención pronunciando esas dos sílabas. Entonces descubrí que sí me llamabas, pero no ‘mamá’ como yo buscaba en tus labios. ¿Por qué ibas a llamarme así cuando todo el mundo se dirigía a mí por mi nombre de pila? Yo era Blanca o “Caaancca”, “Ancca” o “Caaacca” para ti.  Poco duró aquello, en cualquier caso, sobre todo con tu padre diciendo ‘mamá’ como loco para que asociaras A con B.

Más allá de la anécdota, como ves, después de la ‘m’ sumaste sonidos oclusivos a tu repertorio. De la ‘j’, sin embargo, no había rastro. Por mucho que insistiera la gente “¿no parará de decir ‘ajo’, verdad?”. Nunca nos preocupó, la verdad, a estas alturas podríamos escribir el libro sobre bebés ‘Qué no esperar cuando te dicen que tienes que esperarlo‘.

Anteayer, de repente, escuché tu primera ‘j’. Fue en ‘rojjjjo’, pronunciandola con tanta intensidad como lo haces con las ‘s’ finales. Y parándote antes de entonarla, para darle más emoción. Desde entonces la has usado en un par de palabras más pero me falla la memoria en este momento. No te preocupes, con este mes monográfico de gramática y ortografía te mantengo informado, seguro.

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